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Una joven murió al caer de un 5° piso en Caballito: investigan si se quitó la vida o la mataron

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El hecho se dio el fin de semana pasado, pero trascendió en las últimas horas. El dueño del departamento, un ciudadano belga, fue detenido pero luego liberado mientras se sigue investigando.

Una joven de 21 años murió al caer desde el balcón de un quinto piso de un edificio de Caballito y se investiga si se trató de un suicidio o si fue un hecho violento en el que tuvo participación un ciudadano belga de 73 años que era propietario del departamento y que había conocido a la víctima a través de una aplicación de citas.

Si bien el hombre fue detenido tras el hecho, fue liberado horas después por la Justicia, mientras se investigan las circunstancias de la muerte de la víctima.

El hecho, que trascendió en las últimas horas, se registró el sábado pasado alrededor de las 18 en la calle Hortiguera al 300, donde acudieron efectivos de la Comisaría Vecinal 6B de la Policía de la Ciudad, alertados por el caso de una mujer que se encontraba tendida en la vereda.

Voceros policiales informaron que una vez en el lugar, los policías encontraron a una joven de 21 años gravemente herida y que respiraba con dificultad.

Ante esta situación, los uniformados solicitaron la presencia de personal del Grupo Especial de Rescate (GER) de Bomberos de Caballito y del Sistema de Atención Médica de Emergencias (SAME), quienes trasladaron en ambulancia a la víctima al hospital Durand, donde falleció horas después.

Luego de las primeras actuaciones, los policías constataron que la joven había caído del quinto piso de un edificio, en cuyo departamento vivía un ciudadano belga de 73 años, quien al ser entrevistado manifestó que había conocido a la chica mediante la aplicación de citas Tinder.

Según su relato, había invitado a la joven a su propiedad y luego de tomar unas bebidas en el balcón, el hombre ingresó al departamento y en ese momento la víctima se habría arrojado al vacío, informaron fuentes policiales.

El hombre fue detenido por orden del Juzgado Criminal y Correccional 32 y se le realizaron test de alcoholemia y de sustancias, pero a las pocas recuperó su libertad.

Se aguarda entonces el resultado de la autopsia practicada a la víctima para poder determinar si se trató de un suicidio o de un hecho violento. Fuentes policiales indicaron que la joven no tenía golpes o marcas en su cuerpo a simple vista.

Tampoco se hallaron indicadores de violencia en el departamento del hombre -que fue preservado para que personal forense pudiera recabar huellas y material genético- ni testimonios de vecinos que dieran cuenta de haber oído una discusión previa.

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“Me mataron en vida”, cuenta desde prisión la joven condenada por el ataque a una comisaría para liberar a su pareja

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Zahira Bustamante tiene 22 años y un hijo, de su relación con Leandro Aranda, organizador de un intento de fuga que terminó en tragedia y derivó en un juicio sin precedentes. Está presa en Melchor Romero.

“Son cosas de película. Eso es imposible”, recuerda Zahira Bustamante (22) que le respondió a Leandro Aranda (25)su pareja, cuando le contó su plan, en uno de los calabozos de la comisaría 1 de San Justo.

Veinticuatro horas antes a la visita, Aranda había escuchado la noticia que no quería escuchar: le acababan de dictar la prisión preventiva. Eso significaba que apenas se liberaran cupos de algún penal bonaerense, lo subirían a un camión y lo trasladarían a una unidad.

“Si voy a una cárcel, me matan. No salgo vivo de ninguna”, le confesó a Zahira, en ese encuentro ocurrido el 26 de abril de 2018. A Aranda lo habían detenido el 18, por el crimen de Nicolás Ojeda, quien habría sido su cómplice en el robo a un narcotraficante. ​

El capítulo siguiente, el de “película”, se concretó la madrugada del 30. A eso de las 5 de la mañana, cuatro hombres disfrazados de policías ingresaron a la comisaría y dispararon contra los agentes. Intentaron rescatar a Aranda, uno de los 43 detenidos del lugar. La agente Rocío Villarreal (28) fue la única baleada. Recibió dos proyectiles. Quedó parapléjica.

La sentencia se conoció este viernes 9 de abril. Aranda, Bustamante, Tomás Axel Sosa (22) y Sebastián Ariel Rodríguez (42) se llevaron la peor pena: 50 años de prisión. ​Gonzalo Fabián D’Angelo (25) recibió 8 años. Y Leticia Analía Tortosa (41), abogada de Aranda, 3 años, por haberle ingresado un teléfono celular con el que el detenido se comunicó con sus compañeros. La causa tenía otro imputado, que se suicidó en la Unidad 3 de San Nicolás.  

Bustamante se comunica con Clarín desde uno de los teléfonos públicos de la Unidad 45 de Melchor Romero. Está en el sector de “Buzones”, en situación de tránsito, a la espera de un traslado a la Unidad que pidió (la 40 de Lomas de Zamora) o a la que se encontraba antes del juicio (la 46 de San Martín).

“Con la condena me mataron en vida”, es una de las primeras cosas que confiesa. “Estoy presa de cuerpo, pero mi alma está libre porque la cárcel me separó de Aranda. Yo estaba presa de él. Ahora al menos no vivo con miedo de que me pegue. Me liberé. Es lo único bueno que saco de todo esto”, detalla.

Veredicto en el juicio por ataque a la Comisaría de San Justo, ocurrido en 2018. Foto: Luciano Thieberger.

Veredicto en el juicio por ataque a la Comisaría de San Justo, ocurrido en 2018. Foto: Luciano Thieberger.

Esa madrugada, asegura, se levantó a las seis, siete de la mañana, por el llanto de su bebé de 8 meses. Lo primero que hizo fue mirar su teléfono celular. El mensaje de Aranda decía “me fue mal…”. Mientras amamantaba a su niño, encendió la tele. Todos los noticieros hablaban del ataque a la comisaría. ​Para la Justicia, Zahira había estado en la zona de la comisaría, ubicada en calle Villegas al 2400. Arriba de un auto y con su bebé. 

“La única prueba que tienen es un mensaje de Whatsapp que le envió a Aranda”, cuenta Walter Fidalgo, su abogado. “Pero no se pudo determinar dónde estuvo. Ni que lo hizo con su bebé. Ahora, lo que no se entiende es que a uno de los condenados le dieron 8 años por haberse quedado afuera, y a ella 50. Suponiendo que fuese verdad, su participación fue secundaria. La sentencia no tiene explicación. Y la detuvieron sin orden de detención, le secuestraron el celular sin orden judicial. Vamos a hacer un reclamo en la Corte Interamericana de Derechos Humanos”.

Una relación desde chicos

La historia que terminaría en la “película” había comenzado mucho antes. ​Aranda y Bustamante se conocieron en Bellakeo Night, una discoteca de Flores. Ella tenía 14; él 18. En realidad, se conocían de antes. Aunque de vista. Por amigos en común. Pero esa noche, en el boliche de la avenida Rivadavia charlaron, se besaron, intercambiaron números de teléfonos.

Aranda y Zahira se conocieron cuando ella tenía 14 y él 18, en un boliche.

Aranda y Zahira se conocieron cuando ella tenía 14 y él 18, en un boliche.

Meses después, Zahira se mudaría a la casa de Aranda, en villa Cildañez, en Parque Avellaneda. Antes vivía en Devoto, con su madre.  

“Mi mamá me decía que Cildañez no era un lindo lugar; que debía rodearme de otra gente”, recuerda, ocho años después del comienzo de la relación. “Podría haber evitado todo lo que me pasó si hubiese escuchado a mi mamá. Fui muy terca. Deseo mucho volver a ser chica y elegir otra cosa”. Por esos días, Aranda trabajaba en un locutorio de Eva Perón y Escalada, Lugano. Y tuvo su primera causa. Lo detuvieron cuando manejaba un auto robado. Como no tenía antecedentes, salió a los tres días. Zahira dice que creyó su versión. Le había dicho que el auto era prestado, y que no tenía idea de que era robado.

Ya con 16 años, y dos meses de embarazo, cuenta que Aranda la golpeó hasta hacerla perder el bebé. Y que esa fue la gota que rebalsó el vaso: se armó un bolso y volvió de su mamá. Pero a los días lo tendría en la puerta de la casa de Devoto. “Yo había cambiado el chip, para que no me pudiera ubicar. Me apareció en lo de mi mamá y me seguía hasta mi trabajo, Me amenazó con matarme si no seguía con él. A mi y a mi mamá”, asegura.

El trabajo en cuestión quedaba sobre la avenida Avellaneda. Era vendedora en un local de ropa. Fue el único empleo que tuvo. Le duró cuatro meses. Al tiempo, volvió con Aranda. Pero a escondidas de su madre. Seguía en Devoto y cada vez que se encontraba con él, le decía a su mamá que salía con un chico del barrio. Quedó embarazada y mantuvo el secreto. Hasta que a los cuatro meses, el secreto se hizo insostenible.

“¿Por qué me pagás así? Si yo te dí una oportunidad…”, le recriminó su mamá al enterarse. Y concluyó con un “andate de mi casa”. Zahira se fue a Lomas del Mirador, a lo de su abuela. Por unos días. Luego se mudó a un departamento de Mataderos que le alquiló su papá. En esa vivienda, Aranda le confesaría su doble vida. Además de trabajar en el locutorio, robaba. Ahí entendió el estilo de vida de su novio, que la venía llenando de regalos que un trabajador, creía Zahira, no podría pagar: zapatillas, osos peluches enormes, ramos de flores.

De blanco, la abogada de Aranda, también condenada. De negro, Bustamante, durante la sentencia, que según su abogado será apelada. Foto: Luciano Thieberger.

De blanco, la abogada de Aranda, también condenada. De negro, Bustamante, durante la sentencia, que según su abogado será apelada. Foto: Luciano Thieberger.

“No quiero saber más nada con vos; no quiero esa vida para mí y para el bebé”, dice que le dijo. “Bueno, si no te gusta te va a tener que gustar igual”, fue la respuesta de Aranda. “Era una obsesión que tenía conmigo. Ya se me había ido el amor. No me dejaba trabajar, me revisaba el teléfono, casi no me dejaba tener contacto con mi familia, y si volvía tarde de algún lugar, me pegaba”, recuerda.

El golpe que cambió todo

Aranda no le contaba detalles de sus robos. Pero uno de esos días del segundo semestre de 2017, le comentó algo. A modo de promesa: “Tengo algo para hacer. No sé cómo saldrán las cosas. Pero si salen bien, la vida nos va a cambiar”, y no dijo más. El detalle que no contó es que tenía las llaves de un departamento que se utilizaba para guardar droga y dinero. Según la versión que reconstruyó Clarín en una recorrida por Cildañez, el botín era de 90 kilos de cocaína y 500 mil pesos. En el mercado, un kilo de cocaína puede costar unos 7 mil dólares, aproximadamente.

Aranda, Nicolás Ojeda y al menos otro integrante de la banda entraron al departamento y concretaron el robo. El problema es que el narco asaltado era de la misma villa que los ladrones. Y sospechó de los autores por la misma razón que sospecharía cualquiera: la ostentación. De un día para el otro, los integrantes de la banda cambiaron de auto, vestían como nunca antes, hacían regalos, paseaban y subían fotos a sus redes sociales. “Si hubieran guardado el dinero por un año, hoy estarían muy bien económicamente. Y libres, y vivos”, opina un investigador.

El narco fue en busca de Aranda. Lo encontró, lo encaró y le exigió la devolución de lo que no habían alcanzado a vender o gastar. “Se rumoreaba que lo querían matar”, dice Zahira. “Me acuerdo que nos tuvimos que mudar. La gente de la droga lo andaba buscando. No puedo creer cómo aguanté todo eso. Nunca pensé en las consecuencias. Por no haberlas pensado hoy estoy acá”, se lamenta.

Aranda llegó a entregar una parte del botín. Se comprometió a devolver el resto. La buscó en la casa de Ojeda, su cómplice. Y ahí, la mejicaneada de la mejicaneada. Porque después de robar al narco, mejicaneó a Ojeda. Se guardó su parte, se quedó con otra de Ojeda y entregó un poco más. “Es de mi parte. Ojeda no me quiso dar nada”, le juró al narco.

El 25 de agosto de 2017 Ojeda fue acribillado a metros de la casa que acababa de comprar, en Isidro Casanova. Como lo habían visto por última vez con su compañero de robo, Aranda comenzó a ser investigado y se mantuvo prófugo, pero luego sería condenado por el crimen a 10 años y seis meses, en un juicio abreviado.

De su deuda, no habría pagado más. El 18 de abril de 2018 fue detenido en la zona de Mataderos. Lo trasladaron a la Comisaría 1 de San Justo. Ese mismo día planeó su fuga. Estaba convencido de que el narco pagaría para que lo asesinaran en el penal que le tocara. Pero la familia de Aranda seguía en villa Cildañez, y jamás fue amenazada o agredida. El narco sabía dónde vivían. Hoy, tres años después del ataque, Aranda no recibió un solo ataque en la prisión. Está en la Unidad 30 de Alvear.

“El narco debe haber preferido perder la droga y el dinero y no tener a la Policía encima por un crimen. Ellos prefieren recaudar”, es la hipótesis de otro investigador.

La última noche

El jueves 26, Zahira salió de la visita con la orden de contratar a una abogada. “Si no me ayudás, te van a matar a vos y al bebé”, le habría dicho Aranda. Asegura que estaba al tanto del plan, pero no de cuándo lo ejecutarían. Por un amigo en común, se presentó en el estudio de Leticia Tortosa. Ella, 24 horas después, visitó a su nuevo cliente y le entró un teléfono celular.

Lo que pasó en la madrugada del 30 se conoció por todos los medios. Pero hasta después del ataque, los investigadores no tenían idea de quién sería el detenido al que habían querido rescatar. Por eso hicieron una requisa en el calabozo y encontraron decenas de celulares. Y en uno, el de Aranda, leyeron mensajes comprometedores. De él y de Zahira, que le había escrito sin saber que el aparato estaba en manos de policías.

Esa tarde, cerca de las 17 horas, Zahira se acercó a la comisaría. Se había enterado del traslado de los detenidos y quiso ver, al menos a la distancia, a su marido. Rodeada de periodistas que hacían móviles en vivo desde el lugar, un policía la llamó. “Tu marido pidió verte cinco minutos antes de subir al camión. ¿Querés pasar a verlo?”, le preguntaron.

Rocío Villarreal, la policía que quedó parapléjica tras el ataque de la banda a la comisaría de San Justo.

Rocío Villarreal, la policía que quedó parapléjica tras el ataque de la banda a la comisaría de San Justo.

Entró y la llevaron hasta un pasillo con una reja. Su marido no estaba. Le pusieron las esposas a la reja, le dijeron que estaba detenida y le quitaron el teléfono. “Decinos lo que sabés o te llenamos el auto de armas”, recuerda que le dijeron. Les respondió que no sabía nada. Que si supiera algo no habría llegado hasta la puerta de la comisaría.

Desde ese día conoció las cárceles de Azul, Lomas de Zamora, San Martín, Magdalena y Melchor Romero. Recibe la visita de su mamá y de su abuela. Hace un curso de cocina y siempre que puede, elige vivir en pabellones deportivos. Su conducta es óptima: ejemplar 10. Su hijo quedó al cuidado de su abuela materna. No quiso hacerlo entrar a la cárcel, a los pabellones de madres.

“Yo pensaba que me iban a dar pocos años. No hubo Justicia. Quiero pedirle perdón a mi familia, por no haberlos escuchado. Confío en que la vida me va a dar una segunda oportunidad”, cierra Zahira, desde su celda en Melchor Romero, donde el sábado 10 festejó sus 22 años.

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Le mataron a dos hijos en hechos de inseguridad: “Sigo adelante porque quiero justicia”

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Nelli Dos Santos (63) perdió a Sebastián Rivas (35), en 2013, y a Alejandro Rivas (46), a fines de 2020, en La Matanza.

Nelli Dos Santos (63) creyó que ya no lo quedaban lágrimas. Fue después de llorar la muerte de su hijo Sebastián Rivas (37), asesinado de un balazo en el pecho, en mayo de 2013, para robarle una campera, en el límite de San Justo y Ciudad Evita, partido de La Matanza.

Pero el destino se volvería a ensañar con esta mujer, una verdadera Madre del Dolor: minutos antes de la última Nochebuena, mataron a su otro hijo varón, el policía bonaerense Rubén Alejandro Rivas (46), en un intento de entradera, delante de ella, en San Justo.

“Sigo adelante porque quiero justicia”, le dice a Clarín en la puerta de su casa, en Cabrera al 1300. En ningún momento se quiebra, ya tiene el cuero curtido por los golpes de la vida, lo que todavía sigue asombrando a sus tres hijas mujeres, de 41, 34 y 31 años.

Cada vez que pasa un auto por esta calle, las mujeres se sobresaltan. “¿Viene con vos? ¿Seguro?“, pregunta Nelli (63) a este cronista cuando estaciona una Renault Kangoo con vidrios polarizados y con el reportero gráfico Germán García Adrasti a bordo.

Los hermanos Alejandro y Sebastián Rivas, juntos, durante un recital de Madonna, en diciembre de 2012 en River.

Los hermanos Alejandro y Sebastián Rivas, juntos, durante un recital de Madonna, en diciembre de 2012 en River.

Por el primer homicidio fue condenado a prisión perpetua su autor. Pero por el caso del oficial de la Bonaerense, que investiga el fiscal Federico Medone, hay un solo detenido y al menos tres integrantes de la banda prófugos.

Esta madre sólo quiere que se haga justicia por la muerte de su hijo Rubén Alejandro Rivas, muerto delante de ella“, asegura Nelli, en tercera persona.

El crimen de Sebastián

Sebastián era vendedor ambulante. “Un tipo sencillo, un buscavidas, con corazón”, lo recuerda hoy su madre. El hombre solía ayudar a adictos al paco. El 9 de mayo de 2013, en la calle Ambrosetti, frente a la estación de trenes Justo Villegas, les llevó comida, como solía hacer. Se olvidó los tenedores y volvió a buscarlos, pero se topó con quien resultaría su asesino.

Che, no les des de comer a estos, si no no consumen, le advirtió Víctor Javier Zapata, quien según la madre de la víctima era quien les proveía las drogas.

Tienen hambre los pibes, dejalos que coman, replicó Sebastián.

Bueno, dame la campera que tenés… tanto que les das a los otros, dame a mí la campera.

No, es mi único abrigo, cómo te la voy a dar, dejá de joder, andá a comer vos también.

El posteo de Nelli Dos Santos, la madre del policía asesinado.

El posteo de Nelli Dos Santos, la madre del policía asesinado.

El diálogo terminó abruptamente: Zapata sacó un arma y le pegó un tiro en el pecho a Sebastián, papá de tres hijos (hoy de 23, 20 y 17 años), quien murió.

El menor de los chicos es autista. Todas las tardes, a las seis, se para en el living, mirando por la ventana, esperando que su papá llegue.

El crimen de Alejandro

Alejandro era el mayor de los cinco hermanos. Lo conocían como “Chatito”, ya que a su papá, también policía y fallecido en 2011 a los 57 años de una enfermedad repentina, le decían “Chato”, por su baja estatura.

“Me crié entre las armas”, admite Nelli, hija de un prefecto. Sabe en carne propia de la angustia que es ver a un familiar de una fuerza de seguridad salir de casa y tener miedo de no volver a verlo nunca más.

El 24 de diciembre pasado eran cerca de las siete de la tarde cuando Alejandro pasó a saludar a su mamá antes de ir a tomar servicio al juzgado en el que trabajaba en el traslado de detenidos.

El policía había ido a visitar a su primer nieto de dos meses, con la ropita que le había comprado para Navidad, pero no estaba. Entonces, algo “cabizbajo”, decidió saludar a Nelli. Se bajó de su Chevrolet Aveo blanco, con unos manteles con motivos navideños de regalo.

En el barrio hay alarma vecinal. A los delincuentes no los intimidó. Foto Germán García Adrasti.

En el barrio hay alarma vecinal. A los delincuentes no los intimidó. Foto Germán García Adrasti.

Yo quiero estar con mi mami“, le dijo. Se besaron y abrazaron en la puerta de la casa, mientras Caro, la perra labradora, salía a recibirlo. “¿Qué me iba a imaginar, querido, que iban a ser los últimos besos y abrazos que le iba a dar en vida a mi hijo, que iban a aparecer estos tipos a asesinármelo?”, se lamenta ahora la mujer.

“Estos tipos” eran cuatro jóvenes vestidos con bermudas que estaban en la esquina. Tres tenían armas de fuego y otro un bisturí o sevillana. Uno era Pablo Ariel Papadopulos (27), primo de Ricardo Emanuel, el joven que atropelló y mató al nene Isaac Sus (4) en el barrio de Flores días antes.

Alejandro, ese hombre tiene una pistola”, le advirtió Nelli a su hijo.

El oficial le ordenó a su madre que entrara a su hogar y se apoyó a esperarlos en el capot del Chevrolet Onix negro de su madre, que estaba estacionado sobre la vereda.

Quedate quieto, hijo de puta, estás puesto“, le gritó uno de los asaltantes. Cuando vio que Rivas iba a sacar su arma, agregó: “Ah, sos rati ,hijo de puta“. Allí arrancó un tiroteo infernal. Alejandro, que sufría del corazón y tenía dos by-pass, tiró 12 veces y se le trabó su pistola. Recibió cuatro balazos y murió en la puerta de la casa.

“¡Basta de tirarle, basta de tirarle!”, exclamaba despavorida Nelli, a quien le atravesaron la mano derecha de un disparo e hizo sonar la alarma vecinal, mientras los delincuentes la miraban y se le reían en la cara.

La mano de Nelli Dos Santos que fue herida por los delincuentes. Foto Germán García Adrasti.

La mano de Nelli Dos Santos que fue herida por los delincuentes. Foto Germán García Adrasti.

En la casa de arriba estaba su hija mayor, Vanesa, que se terminaba de duchar y creyó que estaban arrojando fuegos artificiales en la calle. El hijo de la mujer, de 9 años, se tiró al piso, asustado, mientras gritaba: “¿Qué pasa, qué pasa?”.

La mujer se asomó a la ventana y uno de los delincuentes le gatilló, pero el tiro no salió. “¡Hija de puta!“, la insultó. Luego se escaparon en un Fiat Siena gris que fue visto después del crimen por la zona de Mataderos y desapareció misteriosamente.

“Acá había 22 vainas, Alejandro tiró 12 porque se le trabó el arma. Si hubiera tenido oportunidad de agarrar la pistola y disparar, lo hubiera hecho, pero me agaché para sostener a mi hijo”, cuenta su mamá.

“Además, si hubiese matado o herido a alguno, yo no podría estar viviendo acá, no tendría paz, porque ellos tienen derechos. ¿Y los míos quién los reconoce? ¿Mi dolor quién me lo paga?“, plantea.

Un dolor eterno

Nelli entró al baño con la mano sangrando a borbotones. Se la envolvió con una toalla y volvió a donde estaba su hijo agonizante. “¡Alejandro, despertá, hijo, no te me mueras hijo, por favor!”, gritaba.

El policía, que tenía tres hijos varones de 23, 21 y 18 años, falleció antes de que llegara la ambulancia. Se había casado con su segunda pareja después que un doctor se negara entregarle a la mujer un parte médico cuando lo operaron del corazón porque no era legalmente su esposa.

Hoy Nelli se mira la mano “deforme”, como dice ella, ya que la bala calibre 9 milímetros le afectó la movilidad de dos dedos y el recuerdo de lo que pasó aquel 24 de diciembre sobreviene instantáneamente.

“Me quedó un dedo fantasma, sensible, me duele cuando lo muevo, y el otro del medio que quedó corto, encorvado. Yo hago arte francés, pinto, intento hacer algo porque mi cabeza trabaja a mil”, dice.

Nelli Dos Santos (63) recibió un disparo en la mano derecha que le afectó la movilidad de dos dedos.

Nelli Dos Santos (63) recibió un disparo en la mano derecha que le afectó la movilidad de dos dedos.

“Cuando murió Alejandro, me prometieron el oro y el moro. Esto es como en el boxeo, están en el ring todos, pero cuando suena la campana hasta el banquito te sacan y arreglate sola“, asegura Dos Santos, que pide que aceleren la investigación y detengan a los cómplices de Papadopulos (se negó a declarar y está preso en una alcaidía de González Catán).

Rivas tenía 28 años de servicio y lo habían ascendido al grado de mayor seis meses antes del homicidio. Su sobrino de 9 años, que escuchó aterrado los tiros, todavía convive con el miedo. Los días posteriores al crimen no dejaba que sus padres salieran ni siquiera a comprar.

Mataron a mi tío-tío, el que más me quería“, se lamenta. Nelli completa: “Acá arruinaron a toda la familia, a mi hijo Alejandro lo vi morir y lo vi nacer. Ni siquiera pude ir al cementerio, me cuesta creer que está muerto. En seis años perdí a mi esposo, a un hijo y a mi madre, y ahora a Alejandro, es demasiado el dolor”.

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Denunció a su psicóloga por acoso sexual y amenazas: “Más mala te ponés, más me gustás”, le decía por whatsapp

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Agostina Anido llevó a la Justicia los audios y mensajes de Noelia Zeoli, terapeuta de Villa Ballester.

Una vecina de San Isidro denunció a la psicóloga con la que tomaba sesiones de terapia de haber sufrido acoso sexualextorsión y amenazas de muerte.

Agostina Anido (25), quien denuncia ser hostigada y perseguida por Noelia Zeoli (35), vecina de Villa Ballester (San Martín), hizo público el calvario que viene atravesando desde hace unos meses, cuando la profesional de la salud mental comenzó a mostrar comportamientos extraños que derivaron en el distanciamiento de su paciente.

“Era muy agresiva, invasiva y controladora. Me llamaba a cualquier hora y me exigía que le diga dónde estaba y qué estaba haciendo. También me mandó fotos y videos obscenos, y audios subidos de tono“, le contó la joven a la agencia de noticias NA. “En una de las sesiones por Zoom, vi que tenía 56 fotos mías guardadas en su computadora que sacó de mis redes sociales”, agregó.

Quiero cogerte ya, no doy más. Más mala te ponés, más me rechazás y más me gustás. Me podés”, se escucha en uno de los mensajes de voz difundidos, que habría sido enviado por Zeoli.

Miedo. Agostina hizo el caso público. Fue una de las amenazadas.

Miedo. Agostina hizo el caso público. Fue una de las amenazadas.

Esas circunstancias fueron motivo suficiente para que Anido resolviera dar por finalizadas las sesiones al cabo de aproximadamente cinco meses, sin tener conocimiento que la reacción de la psicóloga sería aún más hostil.

Te vamos a cagar a tiros, pedazo de prostituta. Sos una puta de mierda que se coge mil tipos, una basura. Chorra, hija de puta. Devolveme las cosas o te pego 30.000 tiros y me importa un bledo todo. Negra de mierda, cornuda por tu novio, pelotuda”, se oye en otro de los audios.

“Enloqueció. Tuvimos una conversación teléfonica y agredió a mi mamá y a mí. La bloqueé de todas las redes y comenzaron las amenazas y extorsiones. Decía que si yo no le daba plata, iba a publicar fotos íntimas mías y con mi ex pareja en redes sociales. Se apareció varias veces en mi domicilio con un cuchillo“, relató la ahora ex paciente.

Denuncia. Una de los testimonios de las víctimas.

Denuncia. Una de los testimonios de las víctimas.

Zeoli, quien también sería docente en una escuela secundaria, posee un perfil de Facebook denominado ‘Lic Psicóloga Noelia Lugones Diaz‘, el nombre que utiliza en la esfera digital. En su foto de portada especifica el número de su matrícula y anuncia tener “consultorios en Capital y Provincia”.

Desde esa red social, la mujer abrió fuego contra su denunciante y su abogado. “Agostina Anido es una asesina revienta puertas de las casas porque trabaja con Saker Omar Abel, un penalista que es mafioso. Sacan narcos de la cárcel en combinación con fiscales tránfugas. El ministro Berni ya lo sabe”, escribió.

“Es muy triste y lamentable todo lo que me está pasando. La última vez que me llamó, me dejó mensajes en el contestador diciéndome que iba a mandar un sicario para matarme y dejarme en una bolsa. Cuando vuelvo de trabajar vengo con miedo, miro para todos lados porque temo que se me aparezca. Todos los días es una incertidumbre, tengo miedo de que me mate. Ya no sé que más hacer”, se lamentó Agostina, quien también precisó que su hermana de 16 años fue amenazada.

Charla. La psicóloga amenazó a Agostina, Lucía y Ailén.

Charla. La psicóloga amenazó a Agostina, Lucía y Ailén.

Si bien actualmente el caso está a cargo de la Fiscalía Oeste de Vicente López y del Juzgado de San Isidro, Anido reveló que ni en la Comisaría de la Mujer de Olivos ni en la de Munro quisieron tomarle la correspondiente denuncia por tratarse de un “asunto de pares, porque ella es mujer”, según contó en diálogo con El Nueve. Finalmente, en Carapachay sí consiguió asentar el episodio.

“No sé hasta qué punto es cierto que tiene una matrícula de psicóloga”, enfatizó la joven, quien conoció a Zeoli cuando eran compañeras de facultad, hasta hace un tiempo, durante la cursada de la carrera de Turismo en la Universidad de San Martín. Fue en ese momento cuando decidió iniciar terapia con ella, tras tomar conocimiento de que ejercía como trabajadora de la salud mental.

Con la viralización del caso, que tuvo mucha relevancia a través de Facebook e Instagram, también se conocieron dos casos más de mujeres amenazadas por la presunta profesional. “Ella pensaba que por culpa mía y del chico con el que salía, Agostina se alejó”, deslizó Aylén, una de las chicas que también se animó a hablar.

Captura. Las jóvenes compartieron los mensajes que la psicóloga les envió.

Captura. Las jóvenes compartieron los mensajes que la psicóloga les envió.

“Amenaza todo el tiempo y me manda fotos del supuesto sicario que nos va a matar. La psicóloga me mandó una solicitud por Facebook y me invitó a participar en un programa de radio, yo no era paciente ni la conozco. Al principio me habló de buena manera, amable. Después me empezó a hacer planteos como si fuera una pareja”, añadió Lucía, otra de las pibas que fue víctima de Zeoli.

“Me empezó a decir que yo le gustaba y que se excitaba con mi voz.  Me mandó un montón de audios y videos sexuales. Cuando la rechazo, me empezó a decir que me había mandado Agostina, y yo a Agostina no la conozco. Me empezó a insultar y a decir que yo era cómplice de un robo“, concluyó la joven.

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