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Perversiones y abusos de la secta Yogui: desde “pomada de zapatos con sacarina” en el menú hasta ser adiestrados como perros

Semana de alegatos por los delitos de “trata de personas, reducción a la servidumbre con fines de explotación laboral, sexual y económica”.

La acusación es un compendió de horrores. Los enumera el fiscal y los detalles vuelven a estremecer como cuando en esta misma sala se oyeron directamente de boca de las propias víctimas de la que aquí se conoce como “la secta yogui”, una organización que pregonaba la filosofía del hinduismo basado en el yoga pero que en realidad se dedicó a cometer todo tipo de perversiones.

Violaciones, ahogamientos en el inodoro, picana en los genitales, menúes de “pomada de zapatos con sacarina” y de alimento balanceado para conejos, golpes, quemaduras, abusos de todo tipo. Las víctimas, reducidas a la servidumbre, explotadas sexual y laboralmente, son 32, entre éllas hijos del líder de la secta.

Se trata de Eduardo Nicosia, quien falleció en la cárcel de Ezeiza. Tuvo 15 hijos, 13 con seis mujeres, todas “discípulas”, y 2 hijas con su mujer, ahora imputada. A esas dos hijas las embarazó y ambas tuvieron hijos de su padre. Estudios de ADN ordenados por un juez confirmaron algunos de los casos.

En la sala del Tribunal Oral Federal en los Criminal 1 de Mar del Plata, comenzaron a leerse los alegatos después de cinco meses de audiencias en las que se oyeron decenas de testimonios. Al ayudante fiscal Carlos Fioriti le llevó poco más de tres horas fundamentar la acusación.

Fue la primera parte del alegato del Ministerio Público Fiscal y se refirió a los delitos de “trata de personas, reducción a la servidumbre con fines de explotación laboral, sexual y económica”. Los imputados son Silvia Cristina Capossiello, esposa de Nicosia, “el gurú”, como se hacía llamar Sinecio de Jesús Coronado Acurero y Luis Antonio Fanesi.

El próximo lunes la exposición de la fiscalía continuará para alegar sobre los delitos de adulteración de identidad de menores de 10 años, resistencia a la autoridad, acopio de armas de fuego y abuso sexual. Entonces se conocerá el pedido de penas.

Capossiello, Coronado Acurero y Fanesi están acusados de formar parte de la organización que actuaba desde el Hotel City, en pleno centro de Mar del Plata, y que se valía “de un proceso de coerción psicológica y aislamiento de las víctimas, típico de las organizaciones sectarias, a partir de la manipulación psicológica que se les imponía”.

La audiencia fue seguida de manera presencial por el juez Roberto Falcone, mientras que los magistrados Fernando Machado Pelloni y Nicolás Toselli lo hicieron de manera remota.

Para los fiscales, la secta fue “una organización criminal porque su estructura fue utilizada por los imputados para cometer delitos”, tanto en Venezuela como en Argentina, desde principios de la década de 1970, hasta su desarticulación, en julio de 2018.

La historia de la congregación espiritual que dirigió Nicosia comenzó en los años ’70. Nacido en 1946 en Buenos Aires, con los años se hizo conocido por un rango elevado del hinduismo, como “Swami Vivekayuktananda”, y fue pionero del yoga en el país. A mediados de los ’60 había fundado un instituto de estudios yoguísticos en la calle Viamonte, el comienzo de una comunidad espiritual.

Con la dictadura militar se fueron a Venezuela. Allí Nicosia estuvo tres años preso, implicado en un homicidio. Regresaron en los primeros años de los ’80 y comenzaron a desplegar el que fue su método para captar seguidores, las conferencias que dictaba el psicólogo e instructor de yoga Fernando Velázquez, también fallecido en prisión.

Una de sus funciones era “dictar conferencias a partir de las que mantenía charlas personales con algunas de las personas que allí asistían”, detectaba sus vulnerabilidades e informaba luego a Nicosia “a fin de lograr su captación”. Según se contó en la audiencia, captaba a “gente interesada en lo espiritual” para “luego explotarlas sexual y laboralmente”.

Para ingresar a la comunidad, sus seguidores debían “despojarse” de todos sus bienes materiales. Luego, vivían una pesadilla.

Según la acusación, “con la complicidad de los acusados y mediante engaños, falsas promesas, fuerza, violencia y abuso de situaciones de vulnerabilidad, valiéndose de su rol de líder religioso o espiritual, Nicosia sometió a las personas integrantes de la congregación previamente captadas y a los miembros de su grupo familiar a diferentes delitos contra la integridad sexual”.

Entre ellos, enumeraron que “les efectuó personalmente tocamientos, abusos sexuales con acceso carnal y, a su vez, obligó a contraer relaciones sexuales a los discípulos y a los integrantes del grupo entre sí”.

El auxiliar fiscal Carlos Fioriti leyó la acusación en la primera jornada del debate por la secta yogui en Mar del Plata. Foto Belén Cano / Ministerio Público Fiscal de la Nación.El auxiliar fiscal Carlos Fioriti leyó la acusación en la primera jornada del debate por la secta yogui en Mar del Plata. Foto Belén Cano / Ministerio Público Fiscal de la Nación.

“Nicosia y sus consortes se valían de un proceso de coerción psicológica y aislamiento de las víctimas, típico de las organizaciones sectarias, generado a partir de la manipulación psicológica que se les imponía”.

A Mar del Plata llegaron en los años 90. Al parecer, una discípula lo compró para la congregación, luego atravesaron un proceso de desalojo y terminaron funcionando como una cooperativa de trabajo. De este modo, el City Hotel no tributaba y hasta recibía subsidios del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES), contó a este diario una fuente de la investigación.

En la primera audiencia de los alegatos, Fioriti destacó los testimonios de los hijos que el líder de la secta tuvo con algunas de las integrantes y con Capossiello, los que fueron “criados en cautiverio” y “adiestrados” para ocultar la situación de servidumbre en la que crecieron.

Una de las víctimas relató que vivió “siempre encerrada” y que sufrió “castigos y palizas” durante 46 años, hasta que logró escapar en 2017, por temor a que abusaran sexualmente de su hija, tal como había ocurrido con ella.

Según relevó la fiscalía, las víctimas declararon que eran “entrenados como perros”, que comían “pomada de zapatos con sacarina” o “comida balanceada para conejos”, y que recibían castigos con un rebenque para caballos.

Recordó que otro de los hijos del líder relató en el juicio que de niño fue colgado de una ventana con una soga por el tobillo, un forma castigo entre tantos padecidos, y que para ir al baño debían pasar a centímetros de un puma que su padre había comprado.

Luego, enumeró relatos de otras víctimas. Una aseguró haber sido “ahogado con la cabeza dentro del inodoro”, otra que dijo que a los 3 años lo arrojaban por las escaleras” y que les aplicaban “pinzas de acupuntura” en los dientes y electricidad en los genitales.

“Les decían que el dolor no existía, que era una ilusión”, leyó el fiscal, y que el líder era era “un ser evolucionado”, “la reencarnación de Jesucristo”, y por ese motivo las palizas no eran otra cosa que “una bendición”.

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