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Exclusivo: un documento secreto reveló que el ARA San Juan había detectado a un submarino nuclear británico en una misión anterior

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El 9 de julio de 2017, a las 19:48, el ARA San Juan “detectó por audio el rumor sonar de un posible submarino nuclear“. El acercamiento de la supuesta nave de guerra del Reino Unido había sido “constatada una hora antes ya que se la tenía por registrador”. Por ese motivo, la tripulación que había zarpado de la Base Naval de Mar del Plata el 1° de julio, a las 15:00, recibió la orden de “disminuir los ruidos al máximo” y proceder “a grabarlo”.

Los tres sonaristas con los que contaba el buque argentino en esa misión -la anterior a la del trágico desenlace con la desaparición de 44 tripulantes y la embarcación- “coincidieron en la clasificación” del submarino, es decir que se trataba de un navío “nuclear”.

La tres grabaciones de los ruidos del submarino que los acechaba tuvieron una duración de “10, 6 y 2 minutos” y fueron enviadas a la Armada Argentina. El dato hasta hoy se mantuvo en secreto.

No fue el único ocultamiento que realizó la fuerza durante las horas de crisis que precedieron a la desaparición del ARA San Juan. A través de un “mensaje naval” con el sello de “SECRETO“, y fechado el 10 de noviembre de 2016, es decir un año y cinco días antes de su desaparición, el ARA San Juan había sido “limitado” en su “profundidad operativa” a solo “100 metros”. Había una razón: a una mayor profundidad “no permite garantizar su estanqueidad”, especifica el documento.

Por estrictas cuestiones de seguridad, los submarinos deben ingresar a un dique seco para las pruebas hidráulicas de válvulas de casco y tuberías cada 18 meses y realizar las verificaciones y reparaciones que aseguren su navegabilidad y que no se pueden hacer a flote mientras el submarino está en el agua.

El ARA San Juan no lo hacía desde “un tiempo sustancialmente mayor de los 18 meses previstos doctrinariamente”, según los registros a los que accedió InfobaeEs más del doble del lapso recomendado por el fabricante de la embarcación. Por esa razón se limitó la “profundidad operativa” a 100 metros para garantizar la navegabilidad del submarino.

El “mensaje naval” titulado “Estado Operativo-Limitaciones” del ARA San Juan fue firmado por el capitán de navío Héctor Aníbal Alonso, jefe del Estado Mayor del Comando de la Fuerza de Submarinos, y por el capitán de navío Carlos Alberto Acuña, Comandante de la Fuerza de Submarinos, entre otros.

Por entonces ese no era el único inconveniente que tenía el submarino ARA San Juan. “A partir del quinto día de navegación y al momento de querer propulsar en etapa 1 para comenzar la exploración en el área de patrulla, falló el sistema de propulsión, entrando recién en el tercer intento“. Según el reporte “CONFIDENCIAL” de la Armada Argentina fechado el 14 de agosto de 2017,  cuyos detalles se publicarán en varias notas, la falla de propulsión del navío “se mantuvo en toda la navegación”, esto es hasta el 19 de julio, día en que el submarino regresó a la Base de Mar del Plata.

El buque de guerra también navegaba con otra serie de inconvenientes, entre ellos la pérdida de “50 litros diarios de aceite”, lo que provocó “una disminución en los niveles en los reservorios del sistema hidráulico”.

Infobae también pudo establecer a través de una serie de documentos secretos que antes de desaparecer el ARA San Juan tenía a bordo “80 trajes de escape”, todos vencidos. Además, de las 100 pastillas que debía portar para la producción de oxígeno en caso de una emergencia, sólo había 14.

Desconfianza bajo el agua

Ese 9 de julio de 2017 no fue la única vez que el ARA San Juan identificó a un submarino nuclear en la zona que patrullaba para identificar a pesqueros y buques, principalmente de origen asiático, que operan ilegalmente en el Mar Argentino o en las adyacencias a la Zona Económica Exclusiva de Argentina.

Así se asegura en la documentación confidencial que está en poder de la jueza federal de Caleta Olivia, Marta Yañez. En el “Anexo 04”, titulado “Informe de actividades Submarino ARA San Juan” se detalla que el 10 de julio, a las 03:45 se detectó al submarino nuclear “nuevamente maniobrando en apuntamiento al contacto apreciándose una rápida variación de su marcación, bien marcado en el registro sonar”. El reporte, firmado por el capitán de fragata Pedro Martín Fernández, también destaca que, como el día anterior “se obtuvo 1 grabación (4 minutos)”, que fue “elevada”.

La firma tiene un valor trascendental. Fernández fue el comandante del ARA San Juan no sólo en esa misión, sino también en la de noviembre, cuando desapareció junto a sus 43 subordinados. Tucumano y de 45 años de edad, el capitán de fragata le había prometido a su madre de 80 que ese sería su último viaje en el submarino aún desaparecido.

El ARA San Juan patrullaba además un área cuyo interés comparten Argentina e Inglaterra pese a que los tratados de paz firmados por ambos países en Madrid obligaban a la Armada a informar al Reino Unido antes de iniciar una misión de este tipo. El submarino argentino hacía caso omiso a dicha prevención presuntamente por orden de la jefatura de la fuerza.

Fuentes navales dicen que no es descabellado que los encuentros entre el ARA San Juan y el submarino nuclear británico se hayan repetido en la última misión. Máxime si el navío de guerra británico tenía registrado que un buque extranjero invadía lo que ellos consideran territorio propio y con derecho a ser defendido. De hecho, para eso tienen unidades de la marina y fuerza aérea británica con asiento permanente en el archipiélago.

Es lógico que un submarino nuclear de ese país controle lo que los británicos consideran una zona de conservación interna y externa (aledaña a las Islas Malvinas) en la que otorgan los permisos de pesca, principal ingreso económico para los habitantes de las islas. Diarios británicos ya habían informado que la Armada de ese país había despachado hacia Malvinas submarinos nucleares, aunque Londres siempre lo negó.

¿Es posible que el ARA San Juan, con sus 44 tripulantes se haya hundido el 15 de noviembre pasado intentando evadir a un submarino nuclear sumergiéndose dentro de la profundidad operativa de diseño pero por debajo del límite de los 100 metros establecido a causa de su falta de mantenimiento en dique seco y que las válvulas y tuberías no hayan resistido? Es una de las hipótesis que investiga la Justicia.

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Tragedia en Río Bermejo: hallan otro cuerpo y buscan a dos bebés que cayeron al agua

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Viajaban en un gomón que naufragó. La Policía confirmó la muerte de un hombre de 26 años y de una mujer que aún no fue identificada.

Luego que un gomón con 26 personas naufragara en el Río Bermejo cuando intentaba cruzar de manera ilegal la frontera entre Salta y Bolivia, las autoridades encargadas de la búsqueda de desaparecidos informaron que este jueves por la tarde encontraron el cuerpo de una mujer, por lo que ya son dos los fallecidos en el accidente.

Durante la mañana de este jueves desde la Policía de Salta informaron el hallazgo del cadáver de Ángel Damián Quispe Santos (26 años, boliviano). Más tarde, voceros oficiales confirmaron que encontraron un segundo cuerpo, a dos kilómetros del lugar en el que apareció el gomón. Se trata de una mujer que aún no fue identificada.

Fuente de la investigación precisaron que la búsqueda comenzó el miércoles, con la hipótesis de seis desaparecidos en base al testimonio de un hombre que logró ser rescatado ileso del cauce del río por el accionar de personal de Gendarmería Nacional.

Pero más tarde se supo que en la embarcación viajaban 26 personas. El cruce del río es parte de una actividad informal, por lo que no existen registros de quienes viajaban en el bote.

Voceros policiales señalaron que ya se confirmó que 22 personas sobrevivieron a la tragedia. Por esa razón, la búsqueda continúa enfocada en tres personas, una mujer -resta confirmar si se trata del cuerpo hallado este jueves- y dos bebés de uno y tres meses, de los que todavía nada se sabe.

El vocero de la Policía de Salta, Miguel Velardez apuntó que las tareas de búsqueda se suspendieron en los primeros minutos de la madrugada de este jueves debido a las condiciones climáticas. Se retomaron unas horas después, aunque el cauce del río creció considerablemente por las intensas lluvias registradas en Bolivia.

El hecho ocurrió cuando la precaria barcaza, que había partido desde la localidad salteña de Aguas Blancas hacia Bermejo, en Bolivia, a través del cauce del río Bermejo, intentaba cruzar la frontera de manera ilegal.

Al atravesar una palizada, el gomón sufrió una rotura, lo que motivó que muchos de los ocupantes de la barcaza se lanzaran al río para salvar sus vidas, nadando hacia la orilla.

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Coronavirus

Un año de coronavirus y más de 50.000 muertos: las historias de los que perdimos y no pudimos despedir

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El 3 de marzo de 2020 comenzó la pandemia en la Argentina. El 7, falleció Guillermo Gómez, la primera víctima de COVID-19. Aquí, diez casos emblemáticos que narran cómo se esparció el dolor por el país

Nos acostumbramos a demasiadas cosas. Nos acostumbramos a convivir, desde hace un año, con un reporte diario de las cifras de la pandemia. Nos acostumbramos a esa palabra, “pandemia”, y también a medirla en números, porque ponerles nombre es demasiado doloroso. ¿Cómo naturalizar la crueldad de no poder despedir a nuestros muertos, de hijos viendo morir a sus padres a través de una ventana o un teléfono, de familias sin derecho a velar a los que amaron?

Casi 53.000 personas murieron en la Argentina por coronavirus, la mayoría tenía más de 60 años y patologías previas. Recordar hoy algunas de sus historias es un intento de darles esa despedida que tantos no pudieron tener. Una forma de duelo colectivo que nos permita honrarlos para seguir adelante.

Guillermo Abel Gómez, el primer muerto por COVID-19 en el país
Guillermo Abel Gómez, el primer muerto por COVID-19 en el país

El primero en morir fue un sobreviviente

Las tragedias de las personas, como las de los países, a veces se superponen de la manera más dolorosa. La primera de las víctimas de COVID-19 en la Argentina fue un militante político y social que pasó su vida en el exilio después de ser secuestrado y torturado por la Triple A. Guillermo Abel Gómez murió el 7 de marzo de 2020.

Hacía solo seis años que había regresado de Francia junto a su mujer, Nelly. Pero allí quedó su hija María Eugenia, a la que visitaron el verano pasado cuando todavía se sabía poco y nada de la pandemia. No era un viaje más: habían ido a conocer a su nieta. Volvieron el 25 de febrero. Los síntomas comenzaron dos días después: fiebre y dolor de garganta.

En los 70, Guillermo trabajaba como recolector de basura y militaba en el Movimiento Villero Peronista en las villas de emergencia de Soldati cuando él y su compañera embarazada fueron secuestrados. Lograron escapar a Europa antes de la dictadura militar con la ayuda de curas que conocían del barrio. Su hija nació en París. Pero las cosas allá tampoco fueron fáciles: Guillermo consiguió un puesto de lavacopas y, más tarde, como ordenanza en un organismo público francés en donde con el tiempo lo eligieron delegado. También fue parte de los grupos que denunciaban la desaparición de personas en la Argentina. Nunca dejó de extrañar su patria.

Hace cinco años, pudo por fin instalarse con Nelly en un PH en San Telmo. La lucha de toda una vida le había dejado secuelas en el cuerpo: era diabético, hipertenso y tenía insuficiencia renal. Un viejo compañero de militancia fue el que lo cargó en un taxi y lo llevó al hospital Argerich porque la ambulancia no llegaba. Se habían reencontrado en 2019. Dicen que era “un gordo querible y solidario, sencillo, vehemente, capaz, calentón y un extraordinario contador de anécdotas”.

No estuvo aislado, sino en una unidad coronaria: recién en la autopsia se determinó la causa de su muerte. Guillermo tuvo al menos esa suerte frente a los muertos de Covid que le seguirían: no murió solo.

Eric Luciano Torales con el barbijo puesto al volver de Miami, foto de sus redes sociales.
Eric Luciano Torales con el barbijo puesto al volver de Miami, foto de sus redes sociales.

Luis: del festejo a la fatalidad

El miedo y la necesidad de encontrar explicaciones, certezas y culpables a toda costa nos hicieron señalar con el dedo a familias que ya estaban atravesadas por el desconsuelo. Luis María Suárez murió el 1 de abril de 2020. Tenía 78 años y era diabético e hipertenso. Dos semanas antes había podido reunir a todo el clan para la fiesta de 15 de su nieta en un salón de La Reja. Otro de sus nietos, Eric Luciano Torales, de 24 años, había vuelto de Miami el día anterior y, pese a que un decreto presidencial ya señalaba la obligatoriedad de aislarse durante 14 días al llegar del exterior, no quiso perderse el cumpleaños de su prima.

Torales, que es empleado bancario, ingresó con síntomas de coronavirus en la Clínica Adventista de Belgrano al día siguiente. Había estado bailando y conversando con varios de los cien invitados al festejo. Se cree que así fue como infectó a una docena de personas, entre ellos el disc-jockey, la cumpleañera, la madre de Torales y su abuelo Luis María. Suárez fue internado en la Clínica Mariano Moreno el 22 de marzo. “Durante la internación evolucionó desfavorablemente, manifestó distrés respiratorio y requirió asistencia respiratoria mecánica”, informó la Secretaría de Salud de Moreno. Su nieto ya no volvió a verlo. Ni siquiera pudo despedirlo ni ir a su entierro. Fue procesado por el juez Néstor Barral como “autor penalmente responsable del delito de propagación de enfermedad peligrosa y contagiosa culposa agravada por el resultado de enfermedad y muerte”. Y juzgado con crueldad por la opinión pública; convertido en un símbolo de la letalidad de la imprudencia, tuvo que cerrar todas sus redes sociales por el aluvión de críticas. Su pecado nos hubiera parecido absurdo en cualquier otro contexto: no faltar a una fiesta familiar.

Liliana del Carmen Ruiz tenía 52 años, un marido y dos hijos. Contrajo dengue y luego le diagnosticaron Covid-19. Murió a causa de una insuficiencia respiratoria
Liliana del Carmen Ruiz tenía 52 años, un marido y dos hijos. Contrajo dengue y luego le diagnosticaron Covid-19. Murió a causa de una insuficiencia respiratoria

Liliana, la médica humilde que trabajó hasta el final

Fue la primera médica en contagiarse en el país, y el primer caso en La Rioja. Liliana del Carmen Ruiz era una mujer humilde que había superado lo inimaginable para llegar a ejercer su profesión. Tenía 52 años, estaba casada, era madre de dos hijos y pediatra. De origen humilde, su padre era panadero y su madre una empleada doméstica que murió de cáncer cuando ella tenía solo 12 años.

Su hija menor, Sofía, contó en un posteo en Facebook que su mamá creció jugando con muñecas de trapo: en su casa no había dinero, “pero sí mucho amor y pan calentito”. Se fue a estudiar medicina a Córdoba cuando terminó la secundaria: vivió de pensión en pensión y “tomando sopa todas las noches para no gastar”.

Con 20 años y en plena cursada, recibió un diagnóstico que puso en pausa su carrera: cáncer de cuello de útero. Pero salió adelante y se recibió. A los 33, ya casada con el padre de sus hijos, la salud volvió a jugarle una mala pasada: se enteró de que tenía artritis reumatoidea y celiaquía. Sin embargo, ni el dolor crónico pudo quitarle la entrega por sus pequeños pacientes. “Se acordaba de todos –recordó Sofía–. Estoy segura de que a un tercio de ellos los atendió gratis. No le importaba: sabía lo que era estar del lado de quien no tiene nada”.

Hasta el 20 de marzo del año último repartió sus consultas entre el Hospital Vera Barros y la Clínica Mercado de La Rioja. Allí la internaron ese día por problemas respiratorios. Los primeros estudios indicaron dengue. Cuando el hisopado de coronavirus dio positivo, fue una sorpresa: no había viajado al exterior ni podía identificar en qué momento había estado en contacto con personas contagiadas. Fue la primera en morir de Covid-19 en su provincia, el 31 de marzo de 2020. Su hija contó el desgarro de un duelo que con el tiempo y los muertos llegamos a normalizar: nadie pudo estar ahí para rezar por ella, para sostener su mano, ni para darle un beso. Cientos, en cambio, honraron en las redes la memoria de esa mujer que había puesto la misión de curar niños incluso por encima de su propia salud.

Alicia Iriarte, de 34 años, junto a su hija, fallecida por Covid-19. Tenía patologías preexistentes: parálisis cerebral y EPOC
Alicia Iriarte, de 34 años, junto a su hija, fallecida por Covid-19. Tenía patologías preexistentes: parálisis cerebral y EPOC

Rosario: demasiado pronto

Y llegó un día en que supimos que el virus también podía ser impiadoso con los más chicos. El 12 de junio de 2020 el COVID-19 se cobró a la más inocente de sus víctimas en la Argentina. Rosario Zamudio tenía 8 años y su mamá tampoco pudo sostener su mano chiquita en el minuto final. Alicia Iriarte, una madre soltera de 23 años, se despidió de su hija con un beso el 11 de junio por la noche. Le dijo “te amo” y le acarició la cara. Estaban, las dos, en la fría sala de terapia intensiva del sanatorio Nuestra Señora del Rosario de San Salvador de Jujuy. Una hora atrás había llegado el resultado del test de coronavirus: era positiva. El protocolo indicaba que debía ser trasladada al Hospital Materno Infantil de la ciudad, y Alicia pensó que en unos días volverían a estar juntas. Rosario murió el domingo 12 a las seis de la tarde. Su mamá nunca más la vio. Ni viva, ni muerta.

Alicia, gendarme y hasta hace poco en pareja con Andrea (“la segunda mamá de Rosario”), le contó a Infobae entonces que su hija “tenía una patología preexistente. Había nacido prematura, a los ocho meses del embarazo, con parálisis cerebral y EPOC”. Su papá le dió el apellido, y eso fue todo lo que hizo. Alicia se hizo cargo de todo. “¡No sabés lo que luchó mi hija por vivir! Por cómo había nacido, no le daban ni dos semanas de vida. Le hablabas y ella se conectaba, se sonreía. La peleó hasta lo último. Siempre fuimos muy fuertes porque estábamos juntas. Nunca nos separamos: en las internaciones, donde ella estaba, yo también. Fue muy amada, muy querida por su familia y todos quienes la conocieron”.

Alicia trató de darle la mejor vida: “Siempre quisimos que la pase bien. Aunque era como una bebé grande, que no caminaba y estaba en la cama o en su sillón, bailaba. Con todo, tuvimos buenos momentos. Pude llevarla a un cine, a un parque, le encantaba la calesita. Ella no jugaba, no hablaba, pero tuve una hija maravillosa”.

Rosario fue internada un viernes por una obstrucción respiratoria por una bacteria que ya le había colonizado los pulmones. Al día siguiente, sin embargo, llegó el resultado del hisopado positivo de coronavirus. Alicia fue separada de su hija y solo obtuvo noticias por teléfono. Tres partes lacónicos y definitivos. El de la mañana decía que estaba estable. El del mediodía, como un mazazo, “que se preparara para lo peor”. Y el de las siete de la tarde, que había fallecido. “Yo no la podía ver. No me dejaron ni acercarme para vestirla”, relató quebrada. Logró finalmente, que le concedieran un derecho básico: “Me autorizaron a esperar su féretro a la salida de la morgue. Pude tocar el cajón, que tenía una funda, y decirle que la amaba. Lo único que quería era despedirme”.

Ramona Medina tenía 42 años y era paciente diabética, insulino-dependiente
Ramona Medina tenía 42 años y era paciente diabética, insulino-dependiente

Ramona, la referente

Ramona Medina tenía 42 años. Era tucumana y amaba bailar. Se había convertido en una referente barrial de la Villa 31, en donde compartía una casa sin agua con su pareja, sus hijas Maia y Guadalupe (que tiene Síndrome de West y Síndrome de Aicardi, no puede hablar ni comer ni sostener su postura sin ayuda y requiere oxígeno todas las noches) su cuñada de 62 años, su cuñado de 68, su sobrino con problemas cardíacos y su sobrina diabética. El 3 de mayo de 2020, en un video difundido por la organización La Poderosa, denunció la dura realidad de muchas familias como la suya: “Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”.

Ramona era diabética e insulino dependiente, pero sobre todo tenía miedo por la salud de Guadalupe. Una semana después de su mensaje, fue diagnosticada con coronavirus e internada en grave estado, sedada y conectada a un respirador en la terapia intensiva del Hospital Muñiz. Fuerte como era, murió el 17 de mayo. Aislada, como todos los que mueren por coronavirus, justo ella que había construido una red para que tantos se sintieran menos solos en su vulnerabilidad.

Solo en la Ciudad, 18.593 personas se contagiaron y 295 murieron de COVID-19 en barrios populares desde que comenzó la pandemia según datos del gobierno porteño. Ramona Medina les puso nombre y apellido.

El recuerdo de Gabriel, el florista de Las Cañitas, que murió a los 57 años por COVID-19 (Thomas Khazki)
El recuerdo de Gabriel, el florista de Las Cañitas, que murió a los 57 años por COVID-19 (Thomas Khazki)

Gabriel, o la pérdida de lo cotidiano

Gabriel Torranzo vivía y murió en Vicente López, territorio bonaerense. Pero seis veces por semana llenaba de flores su esquina de Las Cañitas. Era el único de su familia que vivía en Buenos Aires, todos los demás seguían en su San Luis natal. Es lo que más les dolió a sus vecinos, que perdieron con él la natural belleza de lo cotidiano: saber que ninguno de sus parientes pudo despedirse de él, ni siquiera su única hija.

Gabriel tenía 57 años y durante tres décadas había vendido flores en Matienzo y Soldado de la Independencia. Era hincha de River y le gustaba hablar con todo el mundo. Su puesto olía a jazmines.

Llegó al Hospital de Vicente López con una neumonía. Ya internado le diagnosticaron coronavirus. Su situación se agravó, estuvo en Terapia Intensiva tres semanas, intubado, hasta que mejoró. Entonces lo extubaron, se despertó varias veces, y parecía que se iba a recuperar. Pero el 30 de junio de 2020 sufrió varios infartos de los que no lo pudieron sacar.

Después de su muerte, los comerciantes y los vecinos de Las Cañitas convirtieron su puesto en un santuario. Cada barrio tuvo este año su Gabriel, el símbolo de esas pérdidas que nos enfrentaron con la realidad de un virus tan capaz de quitarnos el olfato como de robarnos el perfume de lo conocido.

El doctor Juan Lobel es la primera víctima fatal que el coronavirus deja en el SAME. Tenía 47 años, 4 hijos y no poseía antecedentes de otras patologías
El doctor Juan Lobel es la primera víctima fatal que el coronavirus deja en el SAME. Tenía 47 años, 4 hijos y no poseía antecedentes de otras patologías

Juan: morir en el frente de batalla

Durante la primera etapa de la cuarentena, los médicos eran aplaudidos cada noche y hasta los noticieros hacían una pausa a las 21 en punto para marcar la hora del saludo a los que estaban en la primera línea de batalla. Con el tiempo, el foco se corrió y los homenajes se espaciaron. Pero las sirenas no dejaron de sonar nunca.

Juan Lobel tenía 47 años y cuatro hijos. Fue el primer médico del SAME en morir a causa de la pandemia. Integraba el sistema de atención de emergencias porteño desde octubre de 2017. No tenía patologías previas y había elegido estar ahí donde más lo necesitaban. En junio de 2020 contrajo coronavirus y fue internado en el Sanatorio Güemes de Palermo, donde trabajaba. Murió dos meses más tarde, el 29 de agosto. El domingo 30, sus compañeros hicieron una emotiva despedida en el Obelisco. Con un gran despliegue de ambulancias y un helicóptero sobrevolando la Plaza de la República, los médicos hicieron sonar las sirenas cerca del mediodía. Volvieron entonces los aplausos.

“Es un día difícil para nosotros. Venimos a despedir a un compañero y amigo. Espero que Dios lo tenga en el cielo; era un buen tipo que nos va a seguir acompañando”, dijo el titular del SAME, Alberto Crescenti, que a la vez destacó el trabajo del resto de sus colegas. Recordar a Juan es tener presente la lucha cotidiana de miles de profesionales que siguen en el frente.

Paola de Simone murió mientras dictaba una clase virtual Paola de Simone murió mientras dictaba una clase virtual

Paola, la vocación hasta el último minuto

Paola de Simone tenía 46 años y era una reconocida politóloga y profesora de la Universidad Argentina de la Empresa (UADE). Murió el 2 de septiembre mientras dictaba una clase virtual. Los minutos previos a su desvanecimiento quedaron registrados y fueron sus alumnos quienes intentaron socorrerla cuando ella les indicó que tenía problemas para respirar.

Apenas unos días antes había contado en su cuenta de Twitter sobre las dificultades del coronavirus: “Está muy complicado. Llevo más de cuatro semanas y los síntomas no se van. Un amigo nuestro está complicado. Mi marido está agotado por trabajar tanto en este momento (médico de terapia y emergencias). Llega a más público y daña más”. Paola estaba casada con Leandro hacía diez años y tenían una hija. Y los cientos de mensajes que inundaron las redes después de su partida dicen que era tal como la refleja ese tuit: una mujer que se preocupaba primero por los demás; el cansancio del hombre que amaba, la salud de su amigo.

Nunca dejó de estudiar. Se había graduado en Ciencia Política y Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador, tenía un MBA de la Universidad Torcuato Di Tella, y se había especializado en Recursos Humanos. Pero su pasión era la docencia. Era adorada por sus colegas y alumnos de la Universidad de Buenos Aires, de la Di Tella y de la UADE, en donde trabajó durante los últimos quince años.

Los estudiantes que asistían al zoom la acompañaron hasta el final, impotentes desde sus casas. Llegaron a preguntarle cuál era su dirección, para enviarle una ambulancia, pero ella estaba descompensada. Solo atinó a responder: “No puedo”. En uno de los últimos posteos que compartió en las redes se ve un dibujo de ella que hizo su hijita, que la pintó con capa y antifaz, y el puño en alto. Una heroína que vivió su vocación hasta el final.

Mariela Romero tenía 38 años y era mamá primeriza
Mariela Romero tenía 38 años y era mamá primeriza

Mariela no pudo conocer a su hijo

Mariela Romero tenía 38 años y esperaba con ansias la llegada de su primer hijo. Estaba casada con Fredy y el suyo era un embarazo muy buscado. Durante 14 años había trabajado como enfermera en el hospital de Villa Regina, en Río Negro. Aunque la pandemia había cambiado su rutina: para cuidar su embarazo realizaba actividades administrativas desde su casa, en la localidad de General Enrique Godoy.

Faltaba poco para que naciera el bebé cuando contrajo coronavirus. Su marido también se contagió. El 18 de septiembre fue sometida a una cesárea en el hospital donde trabajaba. Lucio nació en buen estado de salud y negativo de COVID-19. Pero el cuadro de su mamá, que sufría de diabetes e hipertensión, se agravó. Sus compañeros denunciaron negligencia, porque pasó varias horas del posoperatorio en una camilla de la guardia, antes de ser trasladada a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de General Roca.

Mariela murió el 23 de septiembre de 2020 sin conocer a su hijo. Su marido, que estaba contagiado, tuvo que esperar para encontrarse con Lucio y ni siquiera pudo despedirse de ella en el cementerio. Lo hizo con un posteo en Facebook: “Me dejaste ese bebé hermoso, cuidanos desde el cielo. Te amo con todo mi corazón, hasta siempre mi amor”.

Adriana Cheble (62) y Gustavo Salemme (67) estuvieron juntos 40 años. Ambos médicos cordobeses, contrajeron coronavirus y fallecieron con una semana de diferenciaAdriana Cheble (62) y Gustavo Salemme (67) estuvieron juntos 40 años. Ambos médicos cordobeses, contrajeron coronavirus y fallecieron con una semana de diferencia

Gustavo y Adriana: ni la muerte los separó

“Nacieron para estar juntos y se fueron juntos. No podía suceder de otra manera”. El que se lo dijo a Infobae fue Matías, el hijo mayor de Gustavo Salemme (67) Adriana Cheble (62), el matrimonio de médicos cordobeses que murió de coronavirus con una semana de diferencia. Estaban casados hacía cuarenta años. Él era especialista en Diagnóstico por Imágenes y ella, médica clínica.

Se conocieron cuando eran adolescentes y estudiaron la carrera de Medicina juntos. Hasta trabajaron en el mismo colegio de Córdoba para “bancarse” mientras cursaban: él como secretario y ella como preceptora. Cuando se recibieron, se entregaron por completo a la profesión. Entre otras cosas, fueron a trabajar al Norte para atender el brote de cólera. “Tenían mucha vocación y amor por el prójimo”, contó su hijo, de 37 años, que fue el que los asistió cuando se contagiaron, primero Adriana y, después, Gustavo. La hermana de Matías estaba embarazada y su hermano menor, que vivía con ellos, también se tuvo que aislar. Al día siguiente de que se internaran, pudo verlos por la ventana en el hospital. Después ya no pudo hacerlo nunca más. Su papá entró en terapia intensiva y lo siguió su mamá.

Gustavo murió el 9 de octubre de 2020. Adriana, siete días después, el 16. Se fueron sin cumplir la ilusión de conocer a su primer nieto, el último legado de toda una vida de amor. Un amor que fue más fuerte que la más cruenta de las pandemias mundiales: ni el coronavirus los separó.

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Llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V

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La cantidad de vacunas fue confirmada por fuentes oficiales. Es el mayor cargamento recibido hasta hoy. El primer avión de Aerolíneas Argentinas aterrizó este domingo a la tarde.

En un contexto de demoras en el proceso de inmunización en la Argentina y luego del escándalo por la vacunación VIP, este domingo por la tarde llegó desde Rusia el primero de los dos aviones de Aerolíneas Argentinas que el Gobierno envió para traer más vacunas Sputnik V.

Así, el país llegará a los 4 millones de dosis recibidas desde el inicio del plan de vacunación.

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

“El primer vuelo de Aerolíneas desde Moscú se encuentra camino a nuestro país y estimamos arribo a Ezeiza a las 19:30 horas. En cuanto al segundo, se encuentra en proceso de carga en el aeropuerto de Sheremétievo y apenas termine podremos estimar su hora de llegada”, había escrito en su cuenta de Twitter Pablo Ceriani, presidente de la aerolínea de bandera.

Fuentes oficiales confirmaron a Clarín que entre ambos vuelos traerán cerca de 1,2 millón de dosis, aunque no precisaron cuántas serán del primer y segundo componente. Por lo pronto, el piloto Alejandro Chebar reveló que el primer vuelo embarcó cerca de “500 mil dosis”.

“Vinimos dos aviones con tres horas de diferencia entre uno y el otro; yo vine en el segundo. El primer avión, luego de haber estado 12 horas esperando arriba del avión en el aeropuerto, recibió las dosis prometidas, que son aproximadamente 500.000. Fueron cargadas y ya partió, está en vuelo”, indicó más temprano el piloto desde Rusia, en diálogo con Radio 10.

Sobre el segundo vuelo, del cual es responsable, Chebar señaló que se registraron demoras en la entrega y podría regresar en la madrugada de este lunes.

“La información que tenemos es que llegará dentro unas horas, que estimo sean pocas, la segunda remesa. Estimo que vamos a estar llegando esta noche (por el domingo) o en la madrugada de mañana (lunes)”, completó.

Fuentes de la aerolínea de bandera consultadas por Clarín informaron que aún no tienen confirmado el horario de arribo de este segundo avión.

Este operativo es el quinto que realiza el Gobierno en Rusia, luego de los concretados el 12 de este mes (400 mil dosis), el 24 de diciembre (300 mil), el 16 de enero (300 mil) y el 28 de enero (220 mil).

Así, sumado el nuevo cargamento, la Argentina habrá recibido 2.420.000 dosis de Sputnik V, poco más del 12% de las 20 millones previstas entre enero y febrero en el plan de vacunación que el Gobierno había difundido a fines de enero.

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Coronavirus en la Argentina: llegó el primero de los dos vuelos que traen 1,2 millones de dosis de Sputnik V. Foto Rafael Mario Quinteros

Mientras tanto, este domingo por la mañana llegó un lote de 96 mil dosis de la vacuna Sinopharm contra el coronavirus provenientes de Beijing, China, que se suman a las 904 mil que arribaron el pasado jueves.

El vuelo KL701 de Air France que salió de Beijing hizo escala en el aeropuerto de Amsterdam antes de arribar a la Argentina. En esta oportunidad, Air France KLM utilizó un Boeing 777-300W, que tiene mayor espacio para carga, para poder asegurar el embarque de las vacunas.

Según anunció el Gobierno, la llegada de las dosis de Sinopharm permitirá empezar a inmunizar al personal docente en todo el país.

De esta manera, si se tiene en cuenta que las 580.000 dosis de la vacuna contra el coronavirus Covishield, desarrollada por la India con tecnología de AstraZeneca y la Universidad de Oxford, Argentina llega a los 4 millones de dosis recibidas desde el inicio del plan de vacunación.

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