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Sociedad

A casi un año del asesinato de Fernando Báez Sosa, aparece una carta con sus sueños más íntimos

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El joven solidario asesinado por rugbiers en Villa Gesell dejó una nota donde se imaginaba en el futuro. Su mamá y su papá reconstruyen sus últimas horas y piden perpetua para los culpables.

Sentada en la cama de su hijo muerto, María Graciela Sosa Osorio lee: “Creo que dentro de 10 años voy a estar haciendo lo que me gusta y disfrutando mi vida. Poder cumplir los sueños, objetivos y expectativas que tengo, darles regalos a mis padres, tratando de darles lo que me dieron. Espero ya tener una pareja, una estabilidad y comodidad económica. Amor, familia, amistades, cariño, unión, felicidad, conocimiento. Viajar, conocer y conectarme. Mi misión es conectar, amar, brillar y servir. Mis valores centrales son: amistad, independencia, placer, relaciones valiosas y el tiempo libre al servicio de las personas, la exploración de la mente, los deportes y la autoayuda”. 

Es una carta de Fernando Báez Sosa, hallada en una caja celeste de zapatillas Adidas. Allí hay 12 medallas por logros deportivos, vasos guardados como souvenirs de fiestas y cumpleaños de 15, hojas escritas, sueños adolescentes atrapados para siempre en ese cofre de cartón.

De repente, las manos de Graciela se aflojan y aparece un chupete, que se desliza, parece caer, pero Silvino Báez lo ataja. “Es el chupete del nacimiento de mi hijo. Él quiso guardarlo en su caja, junto a su muñeco del Hombre Araña, que un día tuve que coser porque Fernando lo llevó al colegio y volvió descuartizado.”

La charla es un mar de lágrimas, de Graciela, de Silvino, de la fotógrafa de la revista Viva, de cualquiera que escuche este relato desde las vísceras, este grito desgarrador de una mamá y un papá que perdieron a su único hijo.

Los retratos de Fernando se multiplican por su habitación, en su almohada, en las paredes, en la entrada, frente a los espejos, entre ramos de flores, en la remera de Silvino, en el cuadro que sostiene Graciela junto a un rosario más largo que su cintura.

Los ojos de Fernando surcan el espacio de su ausencia. Son diagonales invisibles que confluyen en un punto: las manos de su mamá y de su papá, que se aprietan, se acarician, se entrelazan, se hacen una, se sueltan, se alejan y se vuelven a aferrar, con la firmeza de quien sostiene un bastón.

Una voz que se va. Graciela tocó botones equivocados del celular y perdió los mensaje de voz de Fernando. Los busca y no los encuentra. Espera ayuda. “Seguro están”, la tranquilizan. Se fueron esas palabras y volvieron otras, en páginas sueltas, en una suerte de diario íntimo deshilachado.

Fernando hablaba de objetivos, de proyectos humanitarios, se veía en el futuro.

Sus padres acaban de enterarse en el cementerio cuáles fueron sus últimos momentos felices, salvados del olvido por Julieta Rossi, su novia.

Manos entrelazadas de Graciela y Silvino. Foto: Constanza Niscovolos.

Manos entrelazadas de Graciela y Silvino. Foto: Constanza Niscovolos.

Graciela hilvana fugacidades. Y reconstruye ese día: “Mi hijo se metió al mar. Hacía un frío tremendo, pero caminó hacia las olas y se zambulló. Julieta estaba en la orilla, el agua estaba helada y no se animó. Se sonrieron de lejos. Ellos se merecían unas vacaciones así. A la tarde, algunos amigos dudaron de ir a la fiesta, decían las madres en el grupo de WhatsApp. Pero yo pensaba que sí, que si la novia iba, él también iba a querer. Fueron y estuvieron muy felices, muy contentos. Bailaron toda la noche. Estaba por actuar un grupo y Fernando le pidió a Julieta: ‘Quedate acá con tus amigas, que ahora vuelvo’. Fue por un helado. Pero nunca regresó. Ella lo llamaba y él no contestaba. Mensaje, mensaje y nunca contestaba. Y era que le habían hecho lo que todos saben”.

Lo que todos saben: Fernando Báez Sosa, un joven de 18 años estudioso, honesto, solidario, tranquilo y amiguero, pasaba sus primeras vacaciones en Villa Gesell cuando fue a un baile a divertirse y terminó asesinado a golpes y patadas en la cabeza por una patota de jugadores de rugby, la madrugada del 18 de enero pasado.

“Y a partir de ahí se terminó nuestra felicidad. De un día para el otro, aparecieron estos asesinos inhumanos, lo mataron de una manera brutal cuando nuestro hijo no les había hecho nada. Le patearon, le reventaron la cabeza, todo el cuerpo, por todos lados”, son las palabras que acuden a Graciela, una cuidadora de ancianos que nació en Paraguay hace 54 años y nunca conoció el mar.

Tres en uno. Fernando Báez Sosa abraza a su papá Silvino y a su mamá Graciela. Foto: "Justicia por Fernando".

Tres en uno. Fernando Báez Sosa abraza a su papá Silvino y a su mamá Graciela. Foto: “Justicia por Fernando”.

“Y a partir de ese día, nuestra vida es un calvario. A Fernando no le dieron ni la más mínima oportunidad de defenderse, nada, lo mataron a traición. Por eso decimos que la única justicia posible es que los asesinos sean condenados a perpetua. Esto no puede quedar en el olvido, ni taparse porque ellos tienen dinero, por creerse superiores, porque nadie es más que nadie, todos somos iguales, todos terminamos en el mismo lugar, así que deben pagar por lo que hicieron”, acompaña Silvino, de 47 años, también inmigrante paraguayo, encargado de un edificio de la avenida Pueyrredón al 1.800 y del mantenimiento de una clínica que queda a siete cuadras.

Al desahogo, sobreviene el silencio.

El silencio se apodera del cuarto.

La mirada de Graciela cruza diagonales invisibles.

La tristeza de Silvino traspasa su barbijo.

El reportaje se queda sin preguntas.

No hacen falta.

Escenas de la vida de Fernando empiezan a brotar, a transformarse en un testimonio que Graciela y Silvino despliegan durante dos horas, en dos actos. Uno para hablar de la vida. El otro, de la muerte.

Medallas y un chupete. Aparecen en la caja de recuerdos de Fernando. Foto: Constanza Niscovolos.

Medallas y un chupete. Aparecen en la caja de recuerdos de Fernando. Foto: Constanza Niscovolos.

Infancia feliz, adolescencia esforzada

“Él tenía el burrito de la película Shrek, llamado Donkey, amaba a ese muñeco. Y yo había comprado un potro en Paraguay, de pelo castaño oscuro, sin manchas, hermoso”, relata Silvino.

“Un día de Eliminatorias para el Mundial apostamos: él a manos de la Selección Argentina y yo a manos de la Selección de Paraguay, el burrito contra mi caballo. Fernando era muy futbolero. Cada uno vio el partido en su tele y cada uno era una hinchada. ¡Cómo nos divertimos! Pero, claro, ganó Argentina 2 a 1 y el ‘dueño’ del zaino pasó a ser mi hijo. Todos los días me hacía la broma reclamándome el caballo. Al final, tuvimos que venderlo, porque era grande y en la época de celo se iba del campo y en cualquier momento no volvía más.”

El fútbol enciende recuerdos, también en Graciela. “Fernando era muy ‘boquero’, muy fanático de Boca. Miraba todos los partidos, cruzaba bromas con los vecinos por el pulmón de manzana. Hubo un gol importante una vez y rompió un vidrio en el festejo. Se contestaban con un vecino de Independiente y otro de River, siempre con respeto. Silvino intentó llevarlo a la cancha, pero siempre estaba llena y el sistema de ingreso era complicado. Hasta preguntó en su sindicato si podían ayudarlo a conseguir entradas. Pero Fernando nunca conoció la Bombonera.”

El cine también lo entusiasmaba, aporta Silvino a esta reconstrucción. “Acompañó la saga de Toy Story, de la infancia a la adolescencia. Le encantaban el sheriff y el astronauta. Chiches que cobraban vida, muy divertidos. Nosotros los llevábamos de chiquito, pero de grande tampoco se la perdió, eh. Iba con su grupo de amigos al cine de acá, el de Recoleta, frente al cementerio. Me daba gracia porque, ya grandotes, otra que pochoclo: traían un kilo de carne antes de la función, para que yo se la cortara a cuchillo o moliera con la procesadora para hacer hamburguesas caseras. Yo le preguntaba por qué iban todavía a ver películas de chicos y él me decía: ‘Porque queremos recordarlas cuando seamos viejo, papá’”, evoca Silvino, mientras su mirada se pierde en un viaje por el tiempo.

Baja de golpe la luz en el departamento del primer piso de la familia Báez Sosa. Es el atardecer de un viernes nublado. No llueve, pero una gota rebota en el tragaluz. Graciela se acomoda la remera de algodón que tiene bordados retazos de tela con las letras que componen el nombre de su hijo. Está callada, evoca momentos íntimos, los empieza a soltar con voz tenue, pero a medida que Fernando deja la niñez y empieza a hacerse joven en su memoria, el volumen se amplifica.

El rostro del dolor. El papá y la mamá de Fernando sostienen su retrato y reclaman justicia. Foto: Constanza Niscovolos.

El rostro del dolor. El papá y la mamá de Fernando sostienen su retrato y reclaman justicia. Foto: Constanza Niscovolos.

“Fernando era sonámbulo. Llegaba cansado de estudiar o de hacer tareas solidarias para el Colegio Marianista de Caballito, cenábamos y se dormía. Pero se quedaba pensando cosas y, a la madrugada, se levantaba y andaba por la casa”, revela Graciela, y Silvino intenta imitar aquellos gestos: “Caminaba por acá, así, y una vuelta agarró las llaves, como si buscara irse. Yo lo tomé suave de los brazos, con las palmas de mis manos, y lo fui acompañando despacito otra vez hasta la cama.” El ruido de ese juego de llaves es de lo que más extrañan hoy.

Se arremolinan las palabras de Graciela y de Silvino para contar la vida de Fernando. “Le gustaba mucho cocinar y su comida preferida eran las pastas.” “Nos regalaba chocolates, igual que nosotros cuando volvíamos de trabajar.” “Nos daba sorpresas hermosas, como cuando tomó la comunión y ¡no sabíamos que él iba a ser encargado de leer la Biblia en la ceremonia!” “Fue condecorado como mejor jugador de fútbol. A veces era delantero, a veces, volante central, y cuando lo ponían de dos no le gustaba. Sus equipos no ganaban nunca, pero él volvía contento igual, porque compartía el rato con amigos. Siempre llegaba agotado. Cuando lo golpeaban, yo le hacía de kinesiólogo.”

También se destacó en vóley y llegó a probarse en las juveniles del club Ferrocarril Oeste, “pero tenía que inscribirse con débito automático y nosotros no nos manejábamos con tarjeta, sino con plata en efectivo”.

Fernando “era muy sacrificado en el estudio, se preparó para una beca en un colegio privado muy bueno durante un año y medio, y quedó entre 400 postulantes. Se hizo amigo de sus compañeros, tutor de los más chiquitos y hasta director de una obra de teatro contra la discriminación”, dice Graciela, orgullosa.

El sábado era el momento en que los tres coincidían en el descanso y la mesa compartida. “Hasta que apareció Julieta en su vida y ahí empezamos a ser cuatro. Se llevaban muy bien, ella es muy amorosa, de una familia buena, siempre con una sonrisa en los labios.”

Por las redes sociales, Julieta pide justicia, convoca a las marchas por castigo para los culpables, está atenta a las novedades judiciales, sube videos alegres del pasado y fotos de Fernando levantando paredes, como su padre Silvino, albañil y constructor.

Julieta Rossi, la novia de Fernando Báez Sosa, en el acto por justicia de hace un año. Foto: Juano Tesone.

Julieta Rossi, la novia de Fernando Báez Sosa, en el acto por justicia de hace un año. Foto: Juano Tesone.

Pero cuando se queda sola, todavía hoy, llama al celular de su novio y le deja mensajes de amor.

“De repente, el teléfono se mueve. Sé que es Julieta. No está Fernando para atender. Yo tampoco quiero escuchar esos mensajes. Es una comunicación de ellos dos”, cuenta Graciela, mientras mira el dispositivo, ahora quieto en la mesita de luz.

Cuando Julieta se siente sola, llama al celular de Fernando y le deja mensajes de amor.

Días antes de partir a Villa Gesell, Fernando desarmó el arbolito de Navidad. A sus pies, había sacado a bailar a su mamá y a su papá, los tres abrazados, juntitos, por última vez.

Con los ahorros de su trabajo, Graciela le compró dos boxers, le preparó la ropa y le puso unos pesos en una caja de ibuprofeno. Fernando había aprobado las materias del Ciclo Básico Común y se merecía esas vacaciones.

Vida truncada

Dos trompadas, Fernando cae a la vereda del boliche Le Brique, no reacciona, no puede defenderse. Jugadores de rugby golpean y golpean con toda su fuerza a un joven caído en el piso. Cuatro le pegan, otros cuatro se envalentonan con los que quieren asistirlo. La violencia de la patota es filmada desde distintos celulares. Una patada en la cabeza deja a Fernando inmóvil.

Julieta lo llama y lo llama, mensaje y mensaje, pero Fernando no responde. Sale del boliche. Quiere acompañarlo en la ambulancia, no la dejan. Toma un taxi, le pierde el rastro. Son más de las cuatro de la mañana del 18 de enero de 2020.

Graciela y Silvino duermen. En un par de horas, Graciela tiene que ir a cuidar a una abuela. Se despierta. Una señora la estremece: “Fernando sufrió un accidente, ¿no te avisaron?”. Empieza a temblar, le dice a Silvino: “Preparate rápido que nos vamos”.

Suena otra vez el celular, el comisario, Silvino toma el teléfono, contesta preguntas de chequeo de identidad, escucha, corta. Está demacrado. “Mataron a Fernando”, exclama desesperado. Graciela entra en shock, se va encima de su marido, sin querer le pega: “Decime que no es verdad”. Era verdad. Sí, lo que todos saben.

El grabador de la entrevista recoge un largo silencio. Y un murmullo desgarrado: “Ese día se fue nuestra alegría. Quedamos para siempre sin rumbo”.

Hora de justicia

Silvino se cuida del coronavirus. Tiene que evitar contagiarse, porque recibió un trasplante de riñón y es de riesgo. Pasó un año y medio en diálisis, sostenido por el buen humor y la compañía de Fernando. Graciela también toma recaudos, porque asiste a personas mayores. Llevan 23 años juntos, buscaron tener más hijos pero no pudieron y ahora están más pendientes que nunca uno del otro.

“Acá no es que mataron a Fernando nomás, nos mataron a nosotros también. Nosotros no tenemos vida, perdimos la libertad. Antes ella podía ir a ver a su familia a Paraguay o yo ir a trabajar a alguna construcción afuera, porque siempre alguien se quedaba con Fernando. Pero ahora voy a trabajar a siete cuadras y quedo preocupado, porque mi mujer no se encuentra bien. Te voy a decir la verdad, a veces mi cabeza no está bien, me cuesta hasta cruzar la calle, porque me distraigo y no sé si el semáforo está en verde o en rojo. Estoy pensando en otra cosa, mi mundo está en otro lado”, describe Silvino.

La pandemia frenó el ímpetu inicial que tenían las marchas en reclamo de juicio y castigo a los rugbiers que mataron a Fernando, pero la Justicia siguió trabajando.

En noviembre, la fiscal Verónica Zamboni cerró la investigación preliminar y pidió la elevación a juicio de los ocho jóvenes que están detenidos desde el día fatal, acusados de “homicidio doblemente agravado por alevosía y por el concurso premeditado de dos o más personas”.

Son Máximo Thomsen (de 20 años), Ciro Pertossi (20), Luciano Pertossi (19), Enzo Comelli (20); Matías Benicelli (21), Blas Cinalli (19), Lucas Pertossi (21) y Ayrton Viollaz (21). Podrán defenderse y presentar sus argumentos. Y el proceso podría afectar a otros dos jóvenes señalados. Ninguno, hasta aquí, ha expresado arrepentimiento.

Graciela dice hasta pronto y avisa que las fuerzas que le quedan son para luchar. Sabe que este año será duro.

La distancia social se quiebra un instante, para un abrazo de despedida.

‑¿Tenés hijos vos?- susurra.

-Sí, uno, de la edad de Fernando- le responden.

-Cuidalo mucho, por favor.

Y Silvino, el portero, nos acompaña hasta abajo.

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Coronavirus

Nicolás Kreplak: “La segunda ola de coronavirus del invierno próximo seguramente va a ser de una enorme magnitud”

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El viceministro de Salud de la provincia de Buenos Aires destacó que es importante que las personas de riesgo se vacunen lo antes posible

El viceministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Nicolás Kreplak, quien ya recibió las dos dosis de la Sputnik V y este domingo le aplicó la vacuna a la vicepresidenta, Cristina Kirchner, dijo que la segunda ola de coronavirus “del invierno próximo” será “de una enorme magnitud”. En ese sentido, advirtió sobre la importancia de que las personas que se encuentran en grupo de riesgo se vacunen lo antes posible.

En diálogo con el ciclo Rayos X de Radio 10, Kreplak comparó la situación sanitaria en la Argentina con la que vivió Europa durante el verano: “Nosotros partimos de mucha más transmisión porque tuvimos un invierno bien largo, entonces partimos de muchos más casos de los que tenían ellos cuando empezó el verano”.

“El rebrote que vimos al final del año pasado (en la Argentina) es preocupante y nos mostró que cuando no hay cuidado podemos subir, aunque haya calor. Y nos habla de una segunda ola del invierno próximo, que seguramente va a ser de una enorme magnitud. El tema es que lleguemos con las personas de riesgo vacunadas, para que si (la segunda ola) tiene una gran magnitud de contagios, no tenga letalidad”, señaló.

De esta manera, el funcionario aprovechó para insistirles a los bonaerenses que trabajan en el sistema de salud o que forman parte del grupo de riesgo que se inscriban en la aplicación “vacunatePBA” y sean inmunizados. Según Kreplak, que Cristina Kirchner y otros funcionarios hayan hecho público que recibieron la Sputnik V contribuye a la campaña de vacunación, que en la provincia de Buenos Aires ya cuenta con 1.260.000 inscriptos.

Nicolás Kreplak le aplicó a Cristina Kirchner la primera dosis de la vacuna Sputnik V (EFE/ Charo Larisgoitia Frente De Todos)Nicolás Kreplak le aplicó a Cristina Kirchner la primera dosis de la vacuna Sputnik V (EFE/ Charo Larisgoitia Frente De Todos)

“Necesitamos que todo el mundo manifieste su voluntad de vacunarse para organizar los turnos -aseguró-. Si recibimos en las próximas semanas cuatro millones de dosis, vamos a tener más vacunas que inscriptos. Necesitamos que todo el mundo se inscriba así podemos vacunar primero a las personas de más riesgo. Entonces, nos sirve que Cristina lo haya hecho público”.

Kreplak le aplicó a Cristina Kirchner la primera dosis de la Sputnik V este domingo en el Hospital Presidente Perón de Avellaneda, después de que la vacuna rusa fuese aprobada en mayores de 60 años por la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT). “Cuando la estaba pinchando me dijo ‘no duele nada’. Después dijo que es como un pinchazo de mosquito. En general no pasa nada y no tiene efectos adversos importantes”.

Cuando yo me la apliqué tuve un poco de dolor muscular a la noche, como si me hubiese estado por subir la fiebre. Pero enseguida se pasó, no tuve ni que tomar medicación. Dormí bien y ya está. Algunos tienen que tomar un analgésico o paracetamol, pero no más que eso. Tenemos un seguimiento de los efectos adversos, llamamos por teléfono a parte de la población”, contó Kreplak.

Nicolás Kreplak ya se aplicó las dos dosis de la Sputnik V (@SaludBAP)Nicolás Kreplak ya se aplicó las dos dosis de la Sputnik V (@SaludBAP)

Por su parte, la Vicepresidenta, que el 19 de febrero cumplirá 68 años, utilizó sus redes sociales para enviar un mensaje después de vacunarse: “Haciéndolo, no solo me estoy cuidando, sino que también cuido a los demás. Gracias al personal de salud por el enorme esfuerzo que están haciendo en esta pandemia”.

Casi un mes después de que la cartera sanitaria aprobara el uso de emergencia de la vacuna rusa, la ANMAT habilitó su aplicación en adultos mayores de 60 años luego de traducir y analizar en tiempo récord un dossier enviado desde Moscú, en el que garantiza la efectividad del medicamento desarrollado por el Instituto Gamaleya.

El mismo miércoles 20 de enero en que la ANMAT oficializó su uso en adultos mayores, el ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, Daniel Gollán, informó en sus redes sociales a las 14:11 horas que se aplicó la primera dosis de la vacuna rusa. Se convirtió así en la primera persona de más de 60 años -tiene 65- en recibir la Sputnik V. Lo hizo el mismo día en que Axel Kicillof, gobernador bonaerense, y Kreplak se dieron la segunda dosis de la vacuna.

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Sociedad

Qué es la regla de las 5 horas, clave del éxito de Bill Gates, Jack Ma y Elon Musk

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Los líderes y empresarios más destacados del mundo nunca se olvidan de dedicar parte de su tiempo a aprender

Los líderes empresariales más exitosos del mundo —desde Bill Gates hasta Elon Musk y Jack Ma—tienen una cosa en común: todos aplican la “regla de las 5 horas”.

El concepto, acuñado por el emprendedor Michael Simmons, es muy simple: las personas exitosas siempre “reservan al menos una hora al día (o cinco horas a la semana) durante toda su carrera para actividades que pueden clasificarse como prácticas deliberadas de aprendizaje”.

Benjamín Franklin, el científico, inventor y padre fundador de Estados Unidos, famoso por su productividad y éxito, fue un pionero en la aplicación de esta regla, según Simmons. “A lo largo de la vida adulta de Ben Franklin, constantemente invirtió aproximadamente una hora al día en el aprendizaje deliberado. Llamo a esta regla de Franklin de cinco horas: una hora al día en cada día de la semana”, escribió.

“El Primer Americano”, como era apodado Franklin por su infatigable campaña por la unidad colonial, dedicaba las primeras horas de la mañana al aprendizaje. Leía y escribía, principalmente, y hasta llegó a crear un club para “artesanos y comerciantes ambiciosos con la misma mentalidad que esperaban mejorarse a sí mismos mientras impulsaban su comunidad”. También se dedicaba a formular preguntas reflexivas cada mañana y tarde.

Las mentes más brillantes del mundo aplican esa regla incluso en la vida frenética de la actualidad.

Empresarios y líderes como Bill Gates, Barack Obama, Warren Buffett, Oprah Winfrey, Elon Musk y Jack Ma pasan su tiempo libre aprendiendo.

En la mayoría de los casos, la actividad a la que se dedican es la lectura.

Obama agradeció a los libros su ayuda para “sobrevivir a su presidencia”. (Greg Nash via REUTERS)

Obama agradeció a los libros su ayuda para “sobrevivir a su presidencia”. (Greg Nash via REUTERS)

Millonarios como Mark Cuban, dueño de los Mavericks de Dallas de la NBA, y Dan Gilbert, dueño de los Cavaliers de Cleveland, revelaron que leen entre una y tres horas diarias. Elon Musk, fundador de la empresa espacial SpaceX, aprendió todo lo que sabe sobre los cohetes leyendo. Jack Ma, fundador de Alibaba, aseguró que “en comparación con otros, es más probable que los lectores conozcan otras estrategias y tácticas de otras industrias“. Bill Gates afirmó: “Leer es una de las principales formas en que aprendo, y lo ha sido desde que era un niño”. Y Obama, por su parte, agradeció a los libros su ayuda para “sobrevivir a su presidencia”.

Otros aplican la regla de las cinco horas en actividades distintas a la lectura, aunque siempre con el objetivo de mejorar su aprendizaje.

El fundador y CEO de Twitter Jack Dorsey y el CEO de LinkedIn Jeff Weiner son conocidos por tomarse un tiempo durante el día para reflexionar y meditar, algo que los ayuda a tomar mejores decisiones en sus negocios.

Jack Dorsey, CEO y fundador de Twitter (Bloomberg)

Jack Dorsey, CEO y fundador de Twitter (Bloomberg)

Además de leer y reflexionar, esas 5 horas también pueden usarse para experimentar. De hecho, Jack Ma destacó la importancia de esa actividad porque permite llevar el conocimiento aprendido a la vida real y a los negocios. La ventaja es que los experimentos muestran lo que está funcionando, permitiendo aprender de los errores. Además, la experimentación no consume tanto tiempo

No se trata sólo de anecdótica. Numerosos estudios respaldan la eficacia de los hábitos adoptados por estos millonarios y líderes. Thomas Corley, autor del libro “Hábitos ricos: los hábitos de éxito diarios de las personas adineradas”, analizó durante cinco años las rutinas de más de 200 millonarios de todo el mundo y halló, por ejemplo, que no ven televisión. En cambio, un 86% sí afirmó pasar el tiempo leyendo y no solo por diversión. Además, el 63% indicó que escucharon audiolibros durante el viaje diario de la mañana a la oficina. Resultados que no dejan dudas: el aprendizaje continúo es la clave del éxito.

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Coronavirus

Un viaje de egresados de Bahía Blanca a Bariloche terminó con 66 casos de COVID-19

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Los infectados volvieron a Buenos Aires para cumplir con el aislamiento correspondiente. Entre los enfermos hay alumnos y coordinadores

Un viaje de egresados a Bariloche terminó con un brote de infectados en el que al menos 66 personas, entre coordinadores y estudiantes de una escuela de Bahía Blanca, se contagiaron de coronavirus y tuvieron que ser aislados al regresar a la provincia de Buenos Aires.

Todo comenzó a principios de esta semana, cuando diez jóvenes que estaban de vacaciones en la ciudad rionegrina junto a sus compañeros de colegio dieron positivo de COVID-19 tras someterse a un test porque presentaban síntomas compatibles con la enfermedad.

Todos ellos fueron entonces trasladados de vuelta a Bahía Blanca el sábado pasado en un vehículo especial aportado por la misma compañía turística y luego quedaron aislados, mientras que el resto de los egresados y los adultos que no estaban contagiados, que sumaban unas 300 personas, volvieron ese mismo día pero en un ómnibus regular, como estaba previsto.

Ante esta situación, los responsables de la empresa que organizó la excursión decidieron hisopar al resto de los alumnos del grupo y al personal que tuvo contacto con ellos. Así fue como, ya con los estudiantes en Buenos Aires, descubrieron otros 17 casos. Más tarde se supo que en total eran 66 los contagiados. Sin embargo, las autoridades no descartaban que esta cifra pudiera aumentar en las próximas horas.

En diálogo con el portal local Río Negro, el secretario de Turismo de Bariloche, Gastón Burlón, había precisado que aún se desconocía “cómo se contagiaron” los adolescentes, pero remarcó que eso “es algo que podía pasar como ocurre con turistas individuales también”.

Del total de los contagiados, solamente 10 dieron positivo mientras todavía estaban en Bariloche (@MunicBariloche)Del total de los contagiados, solamente 10 dieron positivo mientras todavía estaban en Bariloche (@MunicBariloche)

“Los padres son conscientes que (sus hijos) se pueden contagiar (durante el viaje), aunque hacemos todo lo posible para minimizar los riesgos”, agregó el funcionario.

Por su parte, Hugo de Barba, dueño del hotel en el que se hospedaron los estudiantes, recordó cómo fue la situación y explicó que “a los cuatro o cinco días de llegados algunos de los chicos comenzaron a presentar síntomas, por lo que fueron aislados e hisopados para comprobar si estaban enfermos, lo que efectivamente después se corroboró”.

Durante una entrevista en la señal C5N, el empresario opinó que los alumnos podrían haber llegado a Bariloche ya contagiados, teniendo en cuenta que los tests de PCR a los que se tuvieron que someter antes de salir de Bahía Blanca “tienen un periodo de ventana de 4 o 5 días”. Por esa razón, argumentó que es posible “que muchos de ellos se hayan subido al micro siendo falsos negativos”.

Cuando volvieron a Buenos Aires, todos los infectados comenzaron el período de aislamiento, monitoreado por el comité de contingencia provincial para COVID-19. Además, el equipaje de todos ellos fue rociado con amonio cuaternario, un poderoso desinfectante.

Los viajes de egresados volvieron a estar habilitados en la Argentina a mediados de diciembre pasado (Soulmax)Los viajes de egresados volvieron a estar habilitados en la Argentina a mediados de diciembre pasado (Soulmax)

“Se montó un operativo similar a los que se hacían allá por marzo o abril, con personas que eran repatriadas. La recomendación para todos es estar 14 días en aislamiento. Hay gente de la ciudad y de la región”, precisó el subsecretario de Atención Integral de la Salud bahiense, Ezequiel Jouglard, en declaraciones reproducidas por radios locales.

El funcionario advirtió que este grupo de jóvenes es considerado como “un conglomerado” que regresa de “una zona de mucha circulación comunitaria y de realizar actividades en forma de burbuja”, por lo que en los próximos días “podría aparecer” algún otro caso positivo.

Los viajes de egresados volvieron a estar habilitados en la Argentina a mediados de diciembre del año pasado, luego de que el sector pasara varios meses sin actividad por la pandemia. El primero de ellos también terminó con varios chicos infectados.

Según detalló a Infobae Daniel García, presidente de la Asociación de Turismo Estudiantil de Bariloche (ATEBA), “ante esta enfermedad dinámica e impredecible, los protocolos (que se aplican para evitar los contagios) son dinámicos en función de cómo responden”, por lo que aún no hay uno solo definido.

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